miércoles, 28 de noviembre de 2012

G R A T I T U D Y B I E N E S T A R

Desde hace años escribo y hago fotografías. Es para darme gusto y a veces comparto ese arte con alguien más. Mis temas preferidos tienen que ver con el Amor, la Vida y la Naturaleza.
No estoy solo, alguien mayor que yo está siempre donde voy, se mantiene sin juzgar, discreto y lo respeto. Quisiera hablarle, cambiar impresiones, pero es callado, ausente, aunque está ahí.
Cuando camino por un parque o un bosque, en el valle o la montaña, a la orilla del rio o en la playa, estoy alerta para descubrir la belleza de la Naturaleza, un pájaro, un niño, una mascota, cualquier animalito silvestre, insecto, cosa o tema hermoso, diferente, armonioso, llamativo, conmovedor y trato de capturarlo, congelarlo en el tiempo, mediante la foto o la palabra, o ambas.
Ese Ser que me acompaña nunca opina, así que debo opinar por él. Esto le agrega más responsabilidad a mi ocupación, que más que un mero entretenimiento, es tiempo de calidad,  importante y disfrutable para mí.
El otro día pude apenas, para mi pesar, solo vislumbrar la sombra de un colibrí. Hacia un minuto que escuchaba ese sonido tan particular que emite… es como un “thh,  thh,  thh” y en seguida lo identifiqué, pero no lo pude ver, desapareció entre el follaje del muro norte de mi jardín.
Algunos saben que la tribu Navajo de Norte América, es sabia, sobre todo, en lo que tiene que ver con la Naturaleza y el Ser Humano. Hace poco, llego a mis manos un artículo de Flavia Carrión, un personaje multifacético que sabe mucho de todo lo concerniente a la Naturaleza, las plantas, las personas, el chamanismo y demás temas. Y justamente, allí comentaba que los Navajos “caminan en belleza”, o sea, que se sienten parte de lo que les rodea y lo veneran, caminan en medio de la hermosura, rindiéndole un tributo de amor y respeto a cada planta, a cada cielo, a cada ser, insecto, animal o humano que descubren en su recorrido diario.
Un filosofo chileno, sabio, maestro, artista, gurú, cineasta, mimo, psicoterapeuta, tarotista, genealogista, escritor y poeta: Alejandro Jodorowsky, contaba que cierta vez, cuando él era más joven (ahora tiene más de ochenta años) pudo ver que una vecina, se tomaba la tarea de limpiar la vereda y la calle de sus vecinos y Alejandro le pregunto extrañado, por qué lo hacía, a lo que ella contestó, que a su modo de ver, todo el barrio le pertenecía y se sentía responsable de que luciera bien. Desde entonces, también Alejandro comenzó a adoptar esta postura y a realizar arte que mejora a la gente, arte para sanar. Les lee el Tarot, para conversar con ellos y estudia su árbol genealógico, gratuitamente, ayudándolos a comprender mejor su presente, conocerse un poco más a sí mismos y resolver sus problemas, mediante atinados consejos o trucos psico-mágicos, por ejemplo. Sus libros se venden en todo el mundo.
Un relato aleccionador de Jodorowsky, es el de un anciano que vivía en China, en un caserío situado al lado de una montaña, que le tapaba completamente la luz del sol al poblado durante todo el día y muchos niños resultaban raquíticos. Así que una mañana, muñido de una cucharita de porcelana, salió de su casa. Algunos jóvenes del pueblo le preguntaron adónde iba y el anciano les contesto que estaba harto de vivir a la sombra y que iba a mover la montaña de lugar. Ellos rieron muchísimo cuando comprendieron que para eso llevaba la cucharita y ridiculizándolo, le dijeron que eso era absolutamente imposible, que nunca lo lograría, a lo que el viejo caballero contesto: “Si, ya lo sé, pero alguien tiene que comenzar”
Así que después de tantas lecciones de humanidad como estas, que son buenas noticias, dignas de publicarse en todos los diarios, en vez de las desgracias que muestran habitualmente, quise pasarles el santo, a ver si podemos difundir con acciones, ya no solo con dichos, estas maravillas, para que nos llenemos de alegría, gratitud y optimismo reparador y salgamos al mundo, cada uno de nosotros, con nuestra propia cucharilla de porcelana o el instrumento que nos parezca más adecuado, para realizar nuestra indispensable buena obra de cada día. 

martes, 30 de octubre de 2012

Vidente

Llovía como si fuera la última vez y el niño estaba solo, parado en una vereda de la 18 de Julio, la avenida principal de Montevideo[1]. Al arreciar la tormenta había buscado refugio en un kiosco de diarios y revistas y se entretuvo mirando los colores y formas de los libros de cuentos y revistas para chicos. No entendía lo que decían, pero las figuras le atraían. Su padre le había dicho que vendría por él en seguida, pero ya hacía más de una hora que esperaba, empezaba a impacientarse y tenía frío  El kiosquero le preguntó si lo vendrían a buscar, pero el chico no le entendía, porque no hablaba castellano. El buen hombre se dio cuenta que hablaba inglés y llamó a Ángela, una joven vecina, que trabajaba en una oficina de al lado. Contactaron a la Embajada de EEUU y pronto llegó alguien de allí a recogerlo.
Al día siguiente, Ángela llamó nuevamente a la Embajada para saber que había ocurrido con el chico, y si habían encontrado al padre, pero, inesperadamente, allí le dijeron que no sabían nada del asunto. Trataron de averiguar preguntando por la persona que había venido a buscarlo, pero no le conocían, había dado un nombre falso. Era un caso para ser investigado de inmediato. El kiosquero era un apasionado lector de novelas policiales y sugirió darle el caso a David, un joven policía que hacia tareas de detective para la gente del barrio en su tiempo libre.
Lo cierto es que David, no solo era un policía eficaz, sino que también era esforzado y valiente en su tiempo libre, se dedicaba con entusiasmo a resolver los problemas que los vecinos le encomendaban de vez en cuando y además, cuando así lo requería la situación, apelaba a su sexto sentido: la intuición y llegaba a visualizar realidades que le estaban vedadas a la gente común y a sus colegas habituales. Si, era vidente y en este caso, apenas Ángela le comenzó a contar la historia y le alcanzó una servilleta de papel con una golosina, que aquel chico le había regalado el día anterior, sintió un dolor en las entrañas y tuvo una visión. Vio al niño llorando, maniatado y amordazado, en un hueco de una pared que se estaba viniendo abajo, en un lugar deshabitado, dentro de un viejo frigorífico fuera de servicio. Entonces, recordando el paraje, sin perder tiempo, se puso en movimiento, tomó su viejo Volks y en menos de media hora estaba en el lugar. Pidió ayuda por radio, indicando que no hicieran sonar las sirenas para no alertar a los malvivientes. Cuando llegaron sus colegas, se dirigieron hacia la parte de atrás, para bajar a los sótanos del derruido edificio. Unos perros que hurgaban en restos de basura se molestaron por la invasión de su territorio y comenzaron a gruñir, así que optaron por dar un rodeo para evitar la algarabía.
Entraron por una ventana rota y luego bajaron al sótano. Era difícil no hacer ruido, porque todo estaba desvencijado, incluso los pisos de madera semi-podrida, que difícilmente podían sostener una persona. Algunos ruidos inevitables alertaron a alguien que pregunto alarmado: “--¿Quien anda ahí?”
David optó por maullar y el advenedizo lanzó un improperio contra el gato. Se acercaron aun más y pudo ver por un agujero en la pared que los separaba, que el chico estaba presumiblemente dormido en un rincón, todavía atado y con un trapo dentro de la boca. El hombre que lo tenía preso, estaba borracho y se tambaleaba para llegar a una silla que difícilmente lo podría sostener. En efecto, la silla se rompió y ese fue el momento propicio para dominar la situación.
Ahora, había que hacer cantar al borracho para averiguar las razones del rapto, quiénes estaban detrás del asunto y qué había sido del padre del muchacho, pero eso es parte del siguiente capítulo, que otro día se sabrá.



[1]  La ciudad Capital de la República Oriental del Uruguay.

lunes, 1 de octubre de 2012

Prohibido no amar! Ohonoponopono!

Estas noches de luna llena se prohíbe no amar.
Hoy estamos obligados a amar, dando y recibiendo con alegría, besando, abrazando, lanzando pensamientos generosos de amor a quemarropa y a la distancia, meditando, perdonando, pidiendo que nos perdonen y dando gracias! 
Ohonoponopono, aloha, al mundo todo!

jueves, 20 de septiembre de 2012

El aprendiz de medico brujo

Corría el año 1945. El pequeño Juan, era hijo del Pastor protestante, Juan Drummond y Anita, su señora. Además de misioneros, eran médico y enfermera respectivamente y trabajaban al norte de Manaus, cerca de Cariri, en el Amazonas.
Ellos viajaban por la zona, visitando a los grupos humanos más carenciados, confortándolos espiritualmente, evangelizándolos y por supuesto, también enseñándoles cómo alimentarse mejor, como protegerse contra diversas enfermedades de todo orden, vacunándolos y medicándolos convenientemente.
Una noche en la que ellos pernoctaban dentro de su camión, en el emplazamiento de la tribu Shereré, la aldea fue atacada sorpresivamente por los hombres de la tribu Caminu, que venían a llevarse a las mujeres y saquear todo.
Los Caminu no se metían con los religiosos, pero éstos se pusieron en el medio, impidiéndoles el paso a la capilla y resultaron muertos en la contienda.
El niño de apenas 20 meses, quedó llorando dentro del camión por largo rato, mas luego salió gateando y caminando por sus propios medios y se internó en la selva. Oportunamente, encontró un cacho de bananas y allí se quedó a comer. Una puerca salvaje, a la que un puma había comido sus cachorros, esa misma noche, con las tetas reventando de leche, aprovechó al niño para aliviarse y anduvieron juntos durante un tiempo.
El pequeño Juan repetía algunas palabras que le habían enseñado sus padres y muchas veces lloraba por horas llamando a su mamá y repitiendo esas palabras sus nombres. El tiempo transcurrió y milagrosamente, Juan sobrevivió, tras grandes penas. Cuando ya tenía cinco años, corría por la selva, compitiendo con los monos para conseguirse las frutas de las que se alimentaban.
Tenía miedo de todos los indígenas, porque había visto cómo asesinaron a sus padres y lloraba mucho cuando se acordaba. Así que si veía a alguno, se escondía cuidadosamente. Pero, un cazador que lo divisó, fácilmente se acercó y lo atrapó, para llevarlo como trofeo a su asentamiento.
Al principio lo mortificaron bastante y se burlaron de él porque su piel era algo más clara y su cabello dorado, pero lo cierto es que lo cuidaron y alimentaron. Los otros niños se fueron acercando a Juan y pronto estaban jugando juntos. Cuando jugaban a la escondida, nunca nadie lo podía encontrar.
Pasaron unos años más y Juan tuvo que salvar las pruebas de iniciación por la que pasaban todos los jóvenes que llegaban a la pubertad y ya fue considerado guerrero por la comunidad.
El mago de la tribu simpatizó con el muchacho y le fue enseñando sus cosas. Tal vez Juan recordaba más de lo creíble, a sus padres, preparando y administrando medicinas, y trabajar junto al brujo, le complacía. Pronto fue aprendiendo para qué servía cada musgo y cada hierba y cada fruto y cómo preparar brebajes y potajes para aliviar malestares de todo tipo.
En una de sus correrías, con su amigo Yarurú, llegaron, no sin miedo, a acercarse a los alrededores de Manaus, la Capital del estado de Amazonas y Juan se quedaba embelesado mirando a la gente, sobre todo, a aquellos que se parecían a sus padres.
Esto fue haciéndose costumbre y había algunos garotos[1] a quienes Juan y Yarurú comenzaron a llamarles la atención.
Poco a poco se fueron comprendiendo y Juan les preguntaba cosas de la ciudad y de la gente blanca que vivía en ella.
Los chicos le prestaron una camisa, y lo sacaron a pasear por Manaus. Juan quedaba petrificado cuando veía las iglesias, algo recordaba. Los chicos iban a jugar fútbol al patio de una de ellas y el cura hacía de referee, preparador físico, etc.
En cierto momento, cuando estaba frente al cura, repitió aquellas palabras que le recordaban a sus padres y volvió a repetirlas diciendo: Juan y Anita Drummond. Este cura, Angelo Marchese, era amigo de los Drummond, que habían muerto hacía algo más de diez años y sabía que Juancito nunca fue encontrado. Fue fácil asociar y darse cuenta de lo que pasaba. Así que fueron a la Delegacía de Polícia[2] más próxima y confrontaron las huellas digitales del niño con las registradas, confirmando que era la misma persona.
Desde entonces, Angelo se sintió responsable del chico, le contó quién era realmente, le mostró fotografías de sus padres con él en brazos y le explicó todo lo que había pasado. También le dijo que quería adoptarlo y darle una buena educación. Cuando le preguntó qué iba a ser cuando fuera grande, le contestó que médico brujo, que ya estaba capacitado para curar gente.
Así que Angelo lo llevó con él al hospital. Le mostró diversos casos, con la complicidad del médico Don Evaldo y pronto vio algo que podía curar. Un hombre tenía un sarpullido en un costado del pecho. El Dr. Evaldo dijo que ellos no lo habían podido aliviar, que probablemente era algún bicho extraño. Juancito extrajo de su morral unas hojas, las mojó en agua caliente y aplicó el caldo a la zona afectada. Le indicó al médico que siguieran haciendo eso todo el día y que el daño desaparecería muy pronto.
Le hicieron caso y 48 hs más tarde había desaparecido la erupción completamente.  
Así que no lo dudaron mucho, lo encaminaron para que fuera médico, previa escuela y secundario. En su tiempo libre, ayudaba como enfermero en el hospital.
Pasaron los años y Juan llegó a diplomarse como médico y Pastor Evangelista.
El hombre veía claramente lo que le ocurría a una persona, antes que se desvistiera para examinarla, luego simplemente constataba su premonición.
Solicitaba al Gobernador que destinara más rubro para la salud de la población y para edificar un hospital y una iglesia a 200 km al norte de Manaus, sin resultado alguno.
Viajaba a la selva a recoger yuyos, raíces y frutos diversos, con los que ayudaba a los pobres que no podían pagar las caras medicinas de la farmacia. Formó un equipo de médicos y enfermeras para que le ayudaran. Y también aleccionaba a los curanderos de las distintas aldeas, para aliviar y mejorar las condiciones de la muchedumbre.
Dos veces al año se internaba con algunos de sus discípulos en el Amazonas, atendiendo gente durante un par de meses.
Cierta vez, el Gobernador del Estado, con muchas reticencias, por las incontables discusiones mantenidas con el médico, no tuvo más remedio que llamarlo, porque su esposa estaba muy enferma y nadie la podía curar.
En ese mismo momento, Juan le susurró al Gobernador, que ella ya estaba curada.
El hospital y la iglesia fueron construidos ese mismo año.




[1] garoto: menino: rapaz = niño, en portugués.
[2] Delegacía de Polícia = Comisaría

La tortuga interestelar


Un gran aerolito, de tantos que caen sobre nuestro planeta de vez en cuando, casi me destroza. No lo vi a tiempo y tuve que apelar a toda mi destreza aerodinámica para esquivarlo a último momento.
Cayó formando un enorme hoyo ovalado. La tremenda roca era más grande que cien ballenas azules juntas.
Unas gruesas columnas de humo mostraban desde lejos, el sitio de su aterrizaje.
Del hombre que me crió aprendí que estos meteoritos podían provenir de cualquier lugar del universo, muchos de ellos habían formado parte del cometa Halley, que al pasar por nuestra atmósfera, pierde restos de su cola.
Otros son fracciones de asteroides, fragmentos de pequeños planetas creados hace 4.600 millones de años mientras se formaba la Tierra.
Curioso estuve vigilando la gran roca, parecía haber adivinado que traía algo especial.
Tres días más tarde, ya casi no humeaba y una gruesa rajadura, se ensanchó hasta dar paso a una gran cabeza de reptil. Le costó mucho seguir emergiendo y al final lo logró abruptamente, al pasar su caparazón. Solamente se trataba de una gran tortuga de color tostado, del tamaño de un elefante de la India.
Su gran cabeza, al final de un cogote largo giraba de un lado a otro olfateando, buscando agua. Pronto decidió su rumbo y con gran determinación comenzó a avanzar.
Como notas de un pentagrama surgían tras de su andar las huellas que dejaba sobre la arena, trazas secas en el desierto, que recordaban las estelas de los grandes cetáceos y embarcaciones en el mar. Siguió caminando durante todo la tarde sin demostrar cansancio, hasta que llegó a una especie de oasis. Se zambulló en un fangal y retozó hasta que encontró unas hojas verdes que comenzó a comer despacio al principio y después con gran voracidad.
Una piara de yeguas salvajes llegó a la misma charca para beber y refrescarse. La tortuga cósmica las miró sin dejar de  engullir.
Una yegua rojiza se acercó curiosa a ver mejor al gran quelonio, que dio un resoplido y luego dos más. La potranca se sintió intimidada y relinchó, llamando a sus compañeras, que acudieron presurosas. La tortuga continuó con sordos rezongos, a lo que la yegua madrina, totalmente negra, se acercó y le contestó con relinchos y resoplidos propios de su especie.
Yo asistía al intercambio, mientras descansaba sobre los cuernos de una cabeza de buey, sobre una cima del suelo arcilloso del desierto. La tortuga buscaba el mar.
La yegua le dio una idea del trayecto que debía seguir, hasta que oliera la presencia del océano.
Quedé mirando a las yeguas y potrillos durante un tiempo. Luego me elevé hasta la cumbre del cerro, para confirmar la ruta que había tomado la tortuga, era mi área de vuelo permanente y sabía que la llevaría correctamente a la costa.
Al bajar, una paloma plateada, pudo escabullirse de mis garras, cinco veces seguidas y solamente mi empecinamiento y su terror, me permitieron llevar al pico el sabroso bocado.
Luego de mi entretenimiento circunstancial, volví a fijar mis ojos en la bicha techada, que avanzaba cada vez más rápido.
Una bandada de gansos salvajes enormes, guardando su disciplinada alineación en V, pasaron cerca de mí, graznando orgullosos, desafiándome. Yo estaba parapetado sobre la cumbre de la montaña más alta, así que los perseguí, sin afán de atacarlos, pero se me vinieron encima en formación cerrada, obligándome a subir hasta donde ya no podían respirar, para lograr que abandonaran el acoso los feroces gansos, retomando su curso de vuelo hacia el sur.
Luego volví sin prisa a perseguir a la visitante de otro mundo. Sabía que con un poco de paciencia, tarde o temprano estaría comiendo unos sabrosos huevos frescos.

martes, 18 de septiembre de 2012

Hola Primavera (para Isabel)

Deja que dance el amor
al fin del tiempo,
como el rocio
en las hojas del rosal.

Bebe la miel 
de las flores del cerezo
y canta la sutil 
canción primaveral.

Recuerda aquel beso 
en la noche lluviosa,
ven a mis brazos, 
vamos a soñar.

lunes, 3 de septiembre de 2012


Que nos falto hacer o decir?

Cuando al terminar el año o a las puertas de mi muerte haga un balance de mis acciones  y piense que me perdí o que hubiera querido realizar, si hubiera tenido más tiempo, que sería ello? 
Que es lo que aun no pude o no quise o no supe o no me imagine que debía hacer?
Es obvio que a veces pensamos iniciar algo o completarlo y la vida pasa delante de nosotros mientras esos planes nunca se concretan o ni siquiera se comienzan. Hay prioridades de urgencia y prioridades de importancia, que a veces enumeramos razonadamente, sin embargo, nuestra intuición nos canta una diferente tonada, a la que no le hemos podido o querido prestar la debida atención.
Quizás era algo demasiado importante o grandioso, algo que no nos creíamos con la capacidad o no tuvimos el valor suficiente para afrontar o simplemente juzgamos que no teníamos tiempo para prepararlo y realizarlo apropiadamente.
O tal vez era algo mucho más simple, que depende del corazón: visitar a alguien querido, hacer un viaje esperado, escuchar lo que alguien cercano tiene que decirnos y no le hemos dado lugar o expresar nosotros un “Te quiero” a alguien que, con la prisa de esta vida tan vertiginosa, hemos dejado de lado?
 
Carlos

lunes, 16 de julio de 2012

La Zona Viscosa

Juan Vistas se despertó esa madrugada en medio de la oscuridad. Le pareció escuchar un ruido. Claro que cuando uno pasa la noche por primera vez en un lugar nuevo, cualquier ruido que escucha le resulta extraño.  La estufa a gas se había apagado y hacia mucho frío. Se levanto de la cama y empezó a recorrer el departamento. En la penumbra noto un destello palpitante, que surgía del fondo del corredor. Una de las paredes laterales se veía distinta, así, en la oscuridad, era fosforescente y parecía que latía levemente. Juan no se atrevió a tocarla. Era muy rara: un área irregular de más de un metro cuadrado, viscosa como gelatina. La curiosidad era mayor que el miedo y pensó que después de todas las contingencias amargas que había sufrido recientemente, no podría sucederle nada peor.
La semana anterior le habían encontrado un cáncer, con diagnostico reservado. Al mismo tiempo, su mujer lo había abandonado, justo antes de que cumplieran las bodas de plata y se había largado de la casa con sus pequeñas hijas gemelas, que eran la alegría de su padre. Ese departamento y un pequeño auto, fue todo lo que pudo comprar después del reparto. Juan tiritaba. Por un momento pensó encender la estufa pero la curiosidad ganó. Pasó  la mano por la zona viscosa con cuidado, era fofa, el dedo se hundió fácilmente en ella. Luego introdujo lentamente dos dedos, luego la mano y finalmente el brazo. Tenía una sensación de agradable calor, en medio del frío del departamento, así que a pesar de sus temblores de miedo y frío, introdujo una pierna y por último, agachándose, pasó al otro lado. Lo que vio lo dejo mudo.  
Había una playa desierta, dunas de arena, un cocotero, palmeras, mucho calor y al fondo, el mar, que lo invitaba a zambullirse entre las olas. Y lo hizo. Se zambulló sin pensarlo dos veces. Camino chapoteando por la orilla, luego comió algunas frutas y sintió que la vida también podía ser hermosa. Luego, se tiró a descansar en medio de una paz inmensa, que hacía mucho tiempo que no sentía. Finalmente, después de mas de dos horas de recorrida y otra de reparador descanso, quiso volver a su departamento. Todo esto era tan extraño, que se preguntaba si estaba en medio de un sueño demasiado real. Volvió junto al cocotero que vio al llegar y a la superficie viscosa en medio de las dunas de donde había salido y volvió a entrar confiadamente en ella.
Lo que encontró no fue el corredor interno de su departamento, sino una plaza, una estación de tren ultra moderna al aire libre y gente que pasaba por ahí enfundada en ajustados trajes de colores, parecidos a los que usan los deportistas, pero con mas bolsillos y aparatos, algunos con patines muy rápidos, especies de autos que volaban. Juan aun estaba con el pijama de invierno con el que se había levantado aquella increíble mañana invernal, mojado por el chapuzón en las olas, sucio de arena y gelatina, desentonando con la vestimenta pulcra, brillante y moderna de algunos transeúntes, que unos pasos más lejos, se juntaban a mirarlo con curiosidad, mientras otros apurados, mostraban total indiferencia.
Un minuto después, se acercó volando una nave parecida a un helicóptero, aunque sin aspas, ni hélices, ni chorros… pero milagrosamente, volaba y se estacionó a diez metros de donde él, con la boca muy abierta, se encontraba parado.
Un tipo alto y fornido, en ajustado traje azul y plata, se acercó cuidadosamente y le preguntó en un idioma que no era ingles, ni español, ni otro que Juan conociera y sin embargo, asombrosamente, le entendió la triple pregunta: Que hace aqui, como se llama y en que lo puedo ayudar. Juan le contesto temblando, que no sabía lo que le pasaba, ni donde estaba y que se llamaba Juan Vistas.
El personaje cambió algunas palabras con alguien más que no estaba allí y tomando gentilmente del hombro a Juan, lo invito a subir al aparato tranquilizándolo con amabilidad. Ni bien se sentó, lo sujetó un cinturón de arriba abajo y otro por la cintura y la nave se lanzó a volar sin más trámite. Nadie parecía estarla tripulando y Juan, muy curioso, miró hacia abajo. Era innegable que aquello era Buenos Aires, pero al mismo tiempo resultaba incomprensible que hubiera cambiado tanto. Lo que más le extrañó fue ver la zona del riachuelo, convertida en una serie de balnearios bordeados de palmeras y árboles frutales, barcos anfibios aerodinámicos y edificios asombrosos cuya arquitectura se asimilaba con la naturaleza, de manera inusitadamente bella y armoniosa. Los edificios tenían terrazas ajardinadas y ellos fueron a dar a uno que tenía un pequeño huerto con cítricos y un estacionamiento donde fácilmente se acomodó el raro artefacto volador. Inmediatamente, se deslizó a su interior desplazándose en una cinta que lo introdujo en un recinto acolchado, donde un robot de apariencia femenina,  lo desvistió, lo auscultó y lo revisó de pies a cabeza en segundos. Encontró un tumor en el hígado, que se veía notoriamente en la pantalla y que desapareció claramente ante sus ojos, mientras el robot le pasaba una especie de linterna roja por la zona afectada. Luego le colocó dentro de un traje aireado que le suministró la temperatura justa para sentirse cómodo y lo sentó ante un video, donde le volvieron a preguntar quién era, de dónde venia y que buscaba. Juan respondió su nombre completo, domicilio, fecha de nacimiento, edad y ahí cayó en la cuenta que estaba en julio de 2092. Esa era la fecha de hoy, en la pantalla que tenía en frente a sus narices. El había nacido en 1953 y tenía entonces 139 años, aunque parecía tener 55. También se dio cuenta que los entrevistadores se habían percatado que esto no concordaba. El gran temor de Juan fue, en ese momento, que no le creyeran y lo encerraran por loco. Entonces le hicieron la pregunta: Desea volver al pasado o quedarse? 
Que habrá contestado Juan? 
Vos, en su lugar, que harías?

miércoles, 11 de julio de 2012

P E R D I D O

Llovía torrencialmente y mi paraguas apenas podía contener el aluvión. Tuve que volver a entrar al auto y seguir el camino despacio, por el sendero  que conducía al rio. No había venido preparado para una contingencia de esta naturaleza. La voz en el teléfono había dicho que se trataba de una noticia acerca de mi hijo, sobre su paradero y solamente podía entregarme las pruebas y fotos en persona, ya, en ese lugar únicamente.
Hacía un año que me hijo había desaparecido misteriosamente, sin un rastro, sin razón aparente. Dimos vuelta medio mundo para encontrar alguna pista. Nadie sabía nada. Justo cuando habíamos perdido muchas esperanzas y estábamos desconsolados, apareció esta llamada intrigante, algo absurda, a las tres de la madrugada, en medio de una tormenta invernal. Tuve que recorrer 194 Km hasta ese lugar inhóspito, llamado Iturralde, unas casas derruidas, sin nadie que brinde indicación alguna. Deje encendidas las luces del auto, hice sonar la bocina y espere durante media hora como me habían indicado. El auto estaba enterrándose en el barro del viejo sendero. Quise dar marcha atrás y se empantano más aun. Pedí auxilio con el teléfono celular. Después de dos horas y media, llego el auxilio. Durante todo ese tiempo, nadie se acerco ni llamo por teléfono. En el camino de vuelta, me pareció que un auto me seguía, pero luego cambio el curso de su trayecto. Volví a casa intrigado y agotado por la espera infructuosa. Pasaron dos meses, otra vez la misma persona volvió a llamar, esta vez fue más comunicativa, se disculpo por no haber acudido a la cita anterior, argumentando que lo estaban siguiendo y no quería involucrarme. Me dijo que Juancito estaba bien, que progresaba en el colegio, que estaba con una familia de Santiago del Estero, que tenía otros dos hijos (una niña y un varón) que vivían en el barrio de Ituzaingo, en la zona oeste de la Provincia de Buenos Aires. Para convencerme de su autenticidad, agrego que Juancito tenía una pequeña mancha de nacimiento color rosa en forma de trébol en el hombro izquierdo. Algo que nadie sabía. Me pidió que no intente buscarlo por esa zona porque podrían hacerle daño a mi familia y a mí. Estaban por encontrar a los jefes de la banda que habían raptado a más de treinta niños y si nosotros despertábamos sospechas, podrían huir y no los iban a poder capturar. Durante varias noches no pude cerrar los ojos. La madre estaba enloquecida, pero no podíamos hacer nada. No confiábamos en nadie, a nadie podíamos consultar. Pasaron otras dos semanas. El hombre, que se hacía llamar Pedro, volvió a llamar, esta vez me dijo que ya estaban cerca, que muy pronto me volvería a llamar con buenas noticias, que me mantuviera tranquilo.
Esa semana no fui a trabajar, estaba loco y no se me podía hablar.
Pasaron varios días sin recibir noticias de Pedro.
Al noveno día de la última llamada, apareció Pedro con mi hijo, en la puerta de mi casa. Hacía casi un año que no lo veíamos. El se acerco como si nada hubiera pasado y nos dio un abrazo a cada uno y se fue a su cuarto, como si hubiera venido del colegio. Los médicos lo revisaron, estaba entero, sin traumas ni problema alguno.
Atraparon a la banda completa, pero solo encontraron a Juancito y dos chicos más. Todavía seguían indagando acerca del resto. Los niños eran raptados y vendidos a familias ricas poco escrupulosas, que generalmente, querían tener más hijos pero no podían tener normalmente por algún motivo físico o mental y pagaban generosamente sin preguntar origen ni motivos.
A los chicos los engañaban fácilmente. Los padres no cuidan a sus hijos todo el tiempo como debieran y es muy sencillo raptarlos al salir del colegio, al venir a casa desde lo de un amigo, al estar jugando en la vereda, sin vigilancia. 

martes, 26 de junio de 2012

El flaco

Jacinto Suárez ya era abuelo, cuando le internaron en el hospital para estudiar su rara enfermedad en la vista, que los médicos no lograron diagnosticar. Jacinto fue perdiendo la capacidad visual poco a poco, después de un accidente automovilístico y también lo atendían por problemas motrices resultantes del mismo accidente, por lo cual decidieron tenerlo bajo observación.
Mientras le hacían los exámenes, compartió la habitación del hospital con el “Flaco Pérez”, como se hacía llamar familiarmente. Era un hombre alegre y ocurrente. A Jacinto le pareció agradable y trabaron amistad en seguida.
Hacía ya una semana y media, que Jacinto no veía más que sombras y “el flaco” le relataba lo que sucedía en el hospital y fuera de él. A través de la ventana, atisbaba la vida de sus vecinos y le relataba lo que ocurría.
Le contaba de la hija del farmacéutico de enfrente, que había ido a visitar a su tío a la ciudad de Córdoba y había vuelto con un bebé en espera y con el padre de la criatura, que ahora estaba buscando trabajo de panadero en la zona. Y acerca de la generosidad del jardinero del barrio, que les arreglaba el jardín a los ancianos sin cobrarles y otras anécdotas que amenizaban las largas jornadas de su doble encierro involuntario.
Y así fueron sucediéndose las horas y los días en que ambos estuvieron juntos, con historias interesantes o graciosas, que a veces le hacían reír de buena gana.
Una madrugada, Jacinto se despertó ante un silencio inusual.
Su compañero ya no estaba, la cama vacía y recién hecha. Intrigado, apretó el timbre hasta que llegó una de las enfermeras que conocía bien y le dijo, que hacia un mes que esa cama no se ocupaba y no conocía a nadie con ese apodo de "el flaco" y además, en la cuadra de enfrente no  había nada desde hacia tiempo, cuando se derrumbó un viejo conventillo y ahora solo había quedado un terreno vacío.

Sin embargo, le contó que la cama de al lado, sería ocupada esa misma tarde, por un señor que tenía un problema en el hígado y que sería operado al día siguiente. Cuando Jacinto le preguntó el apellido del nuevo paciente, ella respondió mirando la planilla que el apellido era Pérez. –Y es flaco? –preguntó Jacinto.
(Con la preciada colaboración de Maria Isabel Retes)